Hispanofobia

Día de la Hispanidad. Desde el corazón del sistema, la quinta columna antisistema ha impartido lecciones de moral retrospectiva: la colonización de América -han simplificado- fue un genocidio. A buenas horas, mangas verdes. Es tan fácil erigirse, desde el presente, en jueces de un pasado que, de haberlo vivido, tal vez nos hubiera hecho partícipes de los mismos acontecimientos que ahora demonizamos…

En la Historia, todo, absolutamente todo, está conectado. Sin Eratóstenes, Colón no habría hecho sus viajes dieciocho siglos más tarde. Sin la colonización española, u otra peor, los aztecas seguirían inmolando prisioneros en el teocali, arrojando corazones aún palpitantes a las fauces de sus divinidades de piedra… Y por toda América, las tribus locales seguirían devorándose (a veces, literalmente) unas a otras.

Pero antes, sin la Reconquista, España seguiría siendo Al Andalus; sin la invasión musulmana, seguiría siendo reino visigodo; sin el alud germánico, seguiría siendo provincia romana; sin la conquista romana, seguiría sumida en su barbarie analfabeta… Y así, retrocediendo de colonización en colonización, y borrándolas todas de la línea del tiempo, el reloj del progreso seguiría parado en Altamira, y los que ahora corroboran el principio de incompetencia de Peter como alcaldes de Barcelona o Cádiz y miran por encima del hombro a Hernán Cortés, serían unos trogloditas errantes cubiertos de pieles.

Moraleja: no reniegues de un pasado en el que inevitablemente está ya encerrada, como una pepita minúscula dentro de una calabaza enorme, la semilla de una larga cadena generacional de calabazas que rodará por los siglos hasta acabar sobre tus hombros en forma de testa hueca de alcalde y se llama milagro del destino.


aztecas

Escenas de sacrificios humanos y canibalismo del Códice Magliabecchiano (siglo XVI), ilustrado por indígenas mexicas sobre papel europeo en los primeros años de la conquista.




Añadiduras


Iroqueses

"Pasé doce días con mis curanderos, los indios del Niágara. Vi pasar tribus que descendían del Estrecho [Detroit, el río que conecta el lago Saint Clair y el lago Erie] o de regiones situadas al sur y al este del lago Erie. Me interesé por su modo de vida; a cambio de pequeños regalos logré informarme acerca de sus antiguas costumbres, porque esas costumbres ya casi no existen. Sin embargo, al comenzar la Guerra de Independencia americana [1775-1783], los salvajes devoraban aún a los prisioneros, o mejor dicho, a los muertos: un capitán inglés, tratando de servirse caldo de una marmita india, sacó una mano con el cazo".

(François-René de Chateaubriand, Memorias de Ultratumba (1849), primera parte, libro 7, capítulo 9)


Caribes

"La costumbre desta gente de Caribes es bestial [...] Esta gente salta las otras islas, que traen las mugeres que pueden aver, en especial mozas y hermosas, las cuales tienen para su servicio e para tener por mancebas, e traen tantas que en cincuenta casas ellos no parecieron y de las cautivas se vinieron más de veinte mozas. Dicen también estas mugeres que éstos usan de una crueldad que parece cosa increíble, que los hijos que en ellas han se los comen, que solamente crían los que han en sus mugeres naturales. Los ombres que pueden aver, los que son vibos, llevánselos a sus casas para hazer canecería d´ellos y los que han muerto luego se los comen; dizen que la carne de ombre es tan buena que no ay tal cosa en el mundo, y bien parece, porque los huesos que en estas casas hallamos, todo lo que se puede roer todo lo tenían roído, que no avía en ellos sino lo que por su mucha dureza no se podía comer."

(Carta de Diego Alvarez Chanca -médico de la flota de Colón en su segundo viaje a las Indias- dirigida al Cabildo de Sevilla, 1493)


Choques

"...levantando sus tiendas pasaron el rrio de Papamene, y caminando por donde los [guías] yndios les llevaban, fueron a dar a vnas provinçias llamadas los Choques, tierra bien poblada avnque arcabucosa y muy doblada y los naturales de ella muy belicosos e yndomitos [...] Es gente que come carne humana toda ella en general, hasta las mugeres, por lo qual se mueven grandes gerras entre si vnos con otros, y por comerse no tienen ley el padre con el hijo y el marido con la muger."

(Fray Pedro de Aguado, Historia de Venezuela (1581), Tomo I, Capítulo Doce)


Guaraníes

"Esta generación de los guaraníes es una gente que se entienden por su lenguaje todos los de las otras generaciones de la provincia, y comen carne humana de otras generaciones que tienen por enemigos, cuando tienen guerra unos con otros; y siendo de esta generación, si los cautivan en las guerras, traenlos a sus pueblos y con ellos hacen grandes placeres y regocijos, bailando y cantando; lo cual dura hasta que el cautivo esta gordo, porque luego que lo cautivan lo ponen a engordar y le dan todo cuanto quiere a comer [...] y luego las viejas lo despedazan y cuecen en sus ollas y reparten entre sí, y lo comen y tienenlo por cosa muy buena comer de él, y de allí adelante tornan a sus bailes y placeres".

(Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, Comentarios (relato de su segundo viaje a América, 1540-1542) capítulo XVI)


Aztecas y tlaxcaltecas

"Hallamos en este pueblo de Tlascala casas de madera hechas de redes y llenas de indios e indias que tenían dentro encarcelados y a cebo, hasta que estuviesen gordos para comer y sacrificar. Las cuales cárceles les quebramos y deshicimos para que se fuesen los presos que en ellas estaban, y los tristes indios no osaban ir a cabo ninguno, sino estarse allí con nosotros y así escaparon las vidas.

[...]

Llegado Pedro de Alvarado a los pueblos, todos estaban despoblados de aquel mismo día, y halló sacrificados en unos cúes hombres y muchachos, y las paredes y altares de sus ídolos con sangre, y los corazones presentados a los ídolos; también hallaron las piedras sobre las que sacrificaban, y los cuchillos de pedernal con que los abrían por los pechos para sacarles los corazones. Dijo Pedro de Alvarado que habían hallado todos los más de aquellos cuerpos muertos sin brazos y piernas, y que dijeron otros indios que los habían llevado para comer. Nuestros soldados se admiraron mucho de tantas crueldades.

[...]

Y cada día sacrificaban delante de nosotros tres o cuatro o cinco indios, y los corazones ofrescían a sus ídolos, y la sangre pegaban por las paredes y cortábanles las piernas y los brazos y muslos, y lo comían como vaca que se trae de las carnecerías en nuestra tierra. Y aun tengo creído que lo vendían por menudo en los tianguez, que son mercados."

(Bernal Díaz del Castillo: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, 1568)

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"Los dueños de los captivos los entregavan a los sacerdotes abaxo, al pie del cu, y ellos los llevavan por los cabellos, cada uno al suyo, por las gradas arriba. Y si alguno no quería ir de su grado, llevávanle arrastrando hasta donde estava el taxón de piedra donde le havían de matar, y en sacando a cada uno de ellos el coraçón y ofreciéndole, como arriba se dixo, luego le echavan por las gradas abaxo, donde estavan otros sacerdotes que los desollavan; esto se hazía en el cu de Uitzilopuchtli.

Después de desollados, los viejos, llamados cuacuacuilti, llevavan los cuerpos al calpulco, adonde el dueño del captivo havía hecho su voto o prometimiento; allí le dividían y embiavan a Motecuçoma un muslo para que comiese, y lo demás lo repartían por los otros principales o parientes; ívanlo a comer a la casa del que captivó al muerto. Cocían aquella carne con maíz, y davan a cada uno un pedaço de aquella carne en una escudilla o caxete, con su caldo y su maíz cocida."

(Bernardino de Sahagún: Historia general de las cosas de Nueva España, 1540-1585, libro II)


Incas

"Junto a la puerta de su aposento, y lo mismo en todas las casas de sus capitanes, tenían puestas muchas cabezas de sus enemigos, que ya habían comido, las cuales tenían allí como en señal de triunfo. Todos los naturales de esta región comen carne humana, y no se perdonan en este caso, porque en tomándose unos a otros (como no sean naturales de un propio pueblo) se comen". (Pedro Cieza de León: "Parte primera de la Crónica del Perú" (1553), capítulo XI).

[...]

"Los señores o caciques y sus capitanes tienen casas muy grandes, y a las puertas de ellas puestas unas cañas gordas de las de estas partes, que parecen pequeñas vigas, encima de ellas tienen puestas muchas cabezas de sus enemigos. Cuando van a la guerra, con agudos cuchillos de pedernal o de unos juncos, o de cortezas o cáscaras de cañas, que también los hacen de ellas bien agudos cortan las cabezas a los que prenden. Y a otros dan muertes temerosas, cortándoles algunos miembros, según su costumbre, a los cuales comen luego, poniendo las cabezas (como he dicho) en lo alto de las cañas." (Idem, capítulo XV)

[...]

"En las faldas de las sierras a unas vertientes y a otras hay muchos pueblos de indios de diferentes naciones y costumbres, muy bárbaros y que todos los más comen carne humana, y lo tienen por manjar precioso, y para ellos muy gustoso." (Idem, capítulo XXVI)